Acompañando emociones

Publicado en Revista Nana el 16/06/2017

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Solemos clasificar las emociones como positivas y negativas según nos resultan más o menos agradables, así la alegría es muy bien aceptada, mientras que la rabia, el miedo y la tristeza no las queremos cerca.

Cuando nos preguntan cómo estamos la respuesta estándar suele ser “bien”, decimos a los niños que sonrían para las fotos aunque estén tristes, que no se enfaden porque se ponen feos y nosotros mismos nos forzamos a poner buena cara ante los demás a pesar de que nos estemos sintiendo mal. De esta forma, nos vamos alejando de nuestra conciencia emocional desde que somos niños hasta el punto de que a veces tenemos somatizaciones, nos sentimos decaídos, deprimidos o con malestar y no sabemos por qué. Al no tener una cultura emocional las hemos ido metiendo en el ‘cajón de-sastre’, creyendo que si ignoro lo que me pasa desaparecerá, cuando lo que en realidad ocurre es que se va acumulando.  Y si nos cuesta identificar, gestionar y dar salida a nuestras propias emociones, encontrarme de frente con las de un niño que está en plena explosión nos puede sobrepasar, ya que no puedo dar lo que no tengo y desde aquí la tendencia es a limitar y reprimir sus manifestaciones de rabia y frustración, dar soluciones rápidas a su tristeza y su miedo e intentar cambiarlas por alegría antes de que pueda explorarlas y saber qué puede hacer con ellas.

Acompañar las emociones de los niños, por tanto, pasa por mirar las nuestras como adultos que les acompañamos, darnos cuenta de por qué me enfada su enfado, por qué me incomoda su tristeza y con qué me conecta su miedo. Por naturaleza propia los niños no obedecen, imitan, así que sólo por mirarnos y empezar a resolver lo nuestro hay una buena parte del camino andado. A esto se suma que mi disposición y mi presencia para acompañarles serán distintas. Si puedo mirar, aceptar y dar salida a las mías podré mirar las suyas con más naturalidad y paciencia, podré sostenerle cuando él mismo no pueda y guiarle a encontrar de nuevo el equilibrio.

Algo básico para empezar será cambiar los conceptos de emociones positivas y negativas por emociones útiles o inútiles. Todas tienen su función, todas nos traen un mensaje si no las reprimimos y nos paramos a escucharlo.

• La tan temida rabia es el origen de nuestra fuerza. Cuando es reprimida se convierte en impotencia y va apagando nuestra sensación de autocapacidad y poder personal. Una alternativa positiva es redirigir esta energía tan potente hacia algo útil y positivo como la creatividad o el deporte.

• El miedo nos protege de peligros, puede ser útil observarlo y darnos cuenta de que cuando le permitimos crecer demasiado empieza a ser inútil y desadaptativo.

 La tristeza nos ayuda a conectar con el dolor, a pasar duelos, a despedirnos de unas cosas para poder comenzar otras.

Cuando comprendemos esto, podemos validarlas, respetarles su derecho a sentir lo que están sintiendo sin quitarle importancia ni intentar sacarlos rápidamente de esa emoción.
Utilizar la escucha activa, la comprensión y la empatía nos va a ayudar también a desarrollar la Inteligencia Emocional y mejorar la comunicación y la confianza, recordando que lo que para un adulto puede ser una tontería para un niño puede ser un mundo.

Un niño preguntó: ‘papá
¿por qué llora ese señor?’ a lo que
el padre contestó: ‘a lo mejor
le dejó su novia’ y el niño dijo: ‘o
a lo mejor le salió mal un dibujo’

Ayudarles a identificar y poner nombre a lo que les pasa podrá ayudarles a ganar seguridad y autoconfianza para buscar alternativas a su malestar y encontrar sus propias soluciones cuando ya tienen edad para hacerlo. Hay cuentos maravillosos que nos pueden servir de herramienta para ello.

Muy importante para los adultos en este acompañamiento emocional del que hablamos es no tomarse como algo personal nada de lo que el niño diga o haga durante una explosión emocional. Hacen como pueden y como saben con sus recursos aun en desarrollo y somos los adultos los que debemos adquirir herramientas para poder guiarles, comprenderse tanto a sí mismos como a los demás y aprender qué es aceptable y qué no. De esta forma estaremos realmente en el papel de personas adultas que les acompañan sin necesidad de establecer luchas de poder, sin desgastarnos en gritos, amenazas y castigos que cada vez nos alejan más a unos de otros. Y en la medida en que nos vayamos mirando y trabajando a nosotros mismos evitaremos también proyectar nuestras carencias en la relación con los niños y nos podremos ir acercando a una relación más respetuosa y beneficiosa para todos donde los mayores nos vamos sintiendo más relajados y eficaces en nuestra labor de guías y los niños se sentirán seguros y confiados para enfrentarse a los desafíos de la vida, sabiéndose queridos, apoyados, valiosos y aceptados. No hay mayor regalo para una vida más feliz y plena ¡Feliz crianza!•

Emma Benítez Quintana
Psicóloga, terapeuta Biogestalt y madre 
Facebook: Crecemos en espiral Psicología

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